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PRIMER CAPÍTULO DE EL ESPEJO EGIPCIO

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Hay una grieta en el tiempo que se abre en ocasiones y cuando ocurre nada es lo que parece.

Esto, sin embargo, lo supe mucho después de haber comprado el espejo que me atrajo por algún motivo insólito o, quizá, por su forma extraña y su brillo peculiar; el que zarandeó mis cimientos y causó mi cataclismo interior. Entonces no lo hubiese creído, ni me lo habría imaginado. La existencia de otras vidas paralelas, de exóticas dimensiones, de mundos desconocidos, era algo que no encajaba en mis esquemas, aunque estos se cayeron como un castillo de naipes y fueron borrados de golpe, al igual que las huellas de pisadas en la arena del desierto cuando sopla el siroco.

Poco más tarde de haber entrado en la tienda que albergaba aquel reflector de imágenes, germinaron en mi mente mil dudas e interrogantes: ¿Soñaba aquellas historias que parecía vivir o provenían de su luna enmarcada en obsidiana? ¿Me estaba volviendo loco o influía sobre mí? ¿Era un espejo maldito? ¿Tenía razón el comerciante?

No en vano ya me advirtió de su carácter maligno. Lo cierto es que, cuando me acercaba a él, en vez de encontrar mi rostro proyectado en el metal, en su interior descubría sombras que me vigilaban y enigmáticas personas que musitaban mi nombre. Por ello mi escepticismo se tornó credulidad y ni de día ni de noche logré apartarlo de mi pensamiento, al que rondaba de modo intermitente en principio y en el que más adelante se instaló como una obsesión punzante. Ni siquiera conseguí desterrarlo de mis sueños.

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