Autoayuda

Fragmento de Fluir con la vida

Celebrando la vida

Sentía caer despacio una gota tras otra, el hielo se transformaba en agua, hasta que estrepitosamente cayó en el suelo la armadura. El sonido sordo del metal fundido se alejaba, mientras se iba acercando el jolgorio de la vida: Oía canto de pájaros, voces de niños, sus risas y carreras, el aire que silbaba en mis ventanas, y la cadencia rítmica de mi reloj interno anunciando el despertar del sueño, el regreso del tiempo: ¡El presente es eterno!

Veía el cielo luminoso, con un azul intenso, salpicado de blancas nubes

juguetonas que dibujaban mil diferentes formas: un elefante, un rayo, una gaviota…

Bajé a la calle. Me deslizaba rozando el suelo tan solo con la punta de mis dedos, ligera, como si todo el peso de mi cuerpo se hubiese quedado dentro de esa armadura rota. Pero a la vez sentía la conexión profunda con la tierra, unas largas raíces me nutrían. Olía a azahar, los naranjos en flor tocaban con sus alas mi emoción. La calidez del sol desparramaba besos por mi piel; la primavera adornaba mi cuello con guirnaldas de flores; susurraban los árboles: el amor es posible; y mi sangre danzaba dando vueltas en círculo, emulando a la rueda del destino. Mi alegría saltaba igual que un arlequín, del corazón al rostro, manos, ojos y boca, vientre, pies y cabeza, sexo, pecho y nariz, en un abrazo único, el abrazo del llanto con la risa, del alma con la vida.

 

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