EL REFLEJO

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba para superar el miedo, el dragón de hielo que aparecía cada vez que trataba de salir a la calle, el que la acosaba desde hacía años.

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Sucedió de repente, cuando desistió de buscarla, cuando se atrevió a mirar los oscuros ojos de su enemigo y en ellos se vio reflejada. El rostro angelical, devuelto por esos espejos negros, rescató su ternura del olvido. Entonces se disiparon las sombras. Los anteriores temblores cesaron. Los muros de la celda imaginada cedieron y se abrió un vano hacia la libertad. Con paso firme cruzó la puerta.

Pilar González

Os dejo este breve relato como regalo de #ReyesMagos2018

¡Espero que os dejen otros muchos regalos, aunque no hayáis sido buenos!

 

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Un libro muy especial

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Marcela no solía leer, pero aquel día encontró un libro tirado en el suelo mientras caminaba hacia el metro y un impulso desconocido le hizo recogerlo. Tal vez la intacta cubierta de plástico, delatando que el texto no había sido leído todavía, o el título intrigante, “El viaje sin retorno”, le llamaron la atención. Lo guardó en su bolso y subió al vehículo subterráneo.

Al llegar a casa se preparó un té. Puso la taza humeante sobre una mesa pequeña situada en una esquina del salón. En esta ocasión no encendió el televisor, cosa que hacía a diario desde que vivía sola, cuando regresaba del trabajo. El fallecimiento de su marido la dejó desamparada, resignada ante la idea de que la soledad sería la única forma de mantener el vínculo que la muerte había roto. Si al menos hubiera tenido hijos quizás hubiese encontrado la excusa perfecta para no aislarse del mundo.

Sacó del bolso el libro que halló a sus pies y se sentó en el sofá. Rasgó el plástico que lo cubría y lo retiró. Acarició la portada como si fuese un gato de Angora. Tomó un sorbo de infusión. Miró la tapa buscando el nombre del autor y observó que las letras se desdibujaban, aparecían y desaparecían al igual que luces intermitentes. Se alternaron en un compás azaroso hasta que algunas de ellas permanecieron fijas, la M, la A, la R…  y formaron su propio nombre con nitidez: Marcela Sánchez.

Se sobresaltó. Dudó un momento qué hacer. Lo soltó en la mesa. Lo volvió a coger. Respiró profundo y hojeó las páginas. ¡Todas eran blancas! Ninguna palabra adornaba los folios excepto al final, en la última carilla una frase escrita a mano con la letra de Marcela decía: “Cuando termino de escribir la historia de mi vida estoy dispuesta para emprender el viaje sin retorno, porque he vivido con intensidad”.

Pilar González.